Y al final, cuando ya no importe nada, cuando no haya hacia donde correr, allá, que tu voz se pierde en el nublado cielo, ahora que el Olimpo vacio de melodias que llorabamos juntos, justo ahora que todo estaba perfectamente mal, mis caricias y mis dolores, mis aplausos y mis derrotas. La incertidumbre, la inconstancia del tiempo intermitente, que como flash nos separa unos de otros en tan solo milésimas de momento.
Una risa, un beso, un cigarrillo, una llamada, una voz conocida y un yo atónito, un llanto, el abrazo, las gotas, la lluvia, el viento y el tormento de haberte perdido en esta oscuridad, en esta eterna noche de pájaros volando hacia el umbral, buscando nadie sabe que.
Desesperando, quise que me lleves a ver lo que quieras, el atardecer, la arena, un charco de agua, que como espejo muestra el anestesiado color humano.
Vidas idas, vías perdidas, sin rumbo, dolor, amor, blanco y luego nunca mas nada, nada más, solo las secuelas de la lluvia, que secará para sanar, germinar y crecer.
viernes, 12 de mayo de 2017
Cartas de Platón: Secuelas de la Lluvia
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