jueves, 17 de marzo de 2016

El padre de la nada y el hijo de nadie.

Lagrimas, se desprenden, salada es la gota y amargo es este dolor, mi dolor, es solamente mio. Es mi angustia, es el veneno de una herida latente, pero sorpresivamente nueva, cada renglón que nace en mi es una fuerte trompada a la pared, pared que pretendo derribar, con los nudillos que sean necesarios, y con los renglones que te sean dedicados, cada uno es dueño de si, pero no de vos. Vos no existís, no sos nada mio, no tenes cara, no tenes amor, no tenes nada para dar, sos una batalla perdida, sos el viaje de ida, sos la luz de un tren que no tomaría. Pero no me va a pasar a mi, yo no soy como vos, yo tengo ojos y tengo mirada, tengo brazos para abrazar y pecho para jugar su suerte en caso de que se presente una bala, tengo sentimientos y no tengo miedo a que los demás lo sepan, a diferencia de vos, tengo y soy, vos solo ausencia, tu único logro o lo único por lo que hoy te escribo es que me diste una herencia, un código genético, solamente con un espermatozoide, después solo vacío, un oscuro vacío. La angustia me bloquea, mientras escribo esto un fuerte dolor me sube por el estomago, y se concentra en el pecho, los ojos vidriosos y un futuro no muy lejano en el que yo este limpio, en el que tu silueta borrosa y tu mirada vacía no me dañe, no me trabe, no me consuma. Cada renglón que nace es un ladrillo que cae. Asomo mi ojo por las pequeñas fisuras y contemplo, veo todo borroso, un paisaje inmensamente ilegible, y una figura nítida, es un espejo, soy yo, y estoy feliz, estoy lleno de color, estoy luz. Luz... que ilumina y purifica, que alumbra pero no ciega, luz que me expone y revela el suicidio de mi primera gota en mucho tiempo. H2O y Cloruro de Sodio para la cena.

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